martes, septiembre 01, 2009

El Arenal

Odio las frases hechas, las detesto. Es un tema viseral, me producen un cólera incontrastable. Quizás le deba el recelo a la verdad que encierran. Pues bien, hecha la salvedad, usemos una: “La vida es así, te da sólo pa’ quitarte”, cierto. Regalona que resultó.

Día de playa, 35 grados a la sombra de alguna palmera generosa. Sofocados todos, un grupo de sevillanos desarmó el bolso buscando en su interior la credencial de jugadores de fútbol. Los andaluces enloquecieron. Sería una nueva versión de la histórica batalla futbolística entre la furia española –esa que caracterizó a la selección de fútbol hasta que los Xavi, Iniesta, Torres, Fabregas & Cía le aportaron balón al ras del verde césped y juego en conjunto- y ese talento propio de los sureños. Eran cuatro, los otros cinco. Lo descreí.

Conté desde lejos y sí, eran nueve los del picado. Me acerqué, contándolos de nuevo: 9. Respetuoso, aguardé unos instantes, la pelota cruzó la línea lateral casi a la altura de donde hubiera estado ubicado el asistente y pregunté si podía sumarme. “Pues claro”, escuché.

Encaré a la cueva, sin escalas. Tony se acercó para la charla técnica: “Mira que está jodida la vaina, aquél se cree un Cristiano… y vaya si sabe”. Con una bendita actitud de argentino cabrón, hice mi carta de presentación. Murra a la canilla, especialidad de la casa. Debía demostrarle cómo eran las cosas. Duró el partido tanto como el calor lo permitió. Ganamos, aunque se vengó. Hoy todavía me duelen hasta los pelos, y la tendinitis también genera algún insulto a tanto aire caluroso y caribeño. Una por una, negocio.

Camino al hotel, una remera de argentina, vieja, descolorida y con el 8 de Riquelme, apareció en el camino. Sudaca indocumentado, robándole trabajo a los lugareños, uno más. Charlamos de fútbol, aunque el pobre no sabía… era de Banfield; o Bonfil según decía el croto. Copado, al cabo de unas palabras en serio ofreció trabajo. Promocionar uno de los mejores boliches de la isla, cobrando comisión de la entrada. Cálculo sencillo: 23 euros cuesta la anticipada, de ahí 4 euros son para quién las vende; pueden hacer cuentas, era rentable.

En la otra cuadra una alemana compraba cerveza mientras su amiga miraba los collares. Irresistible, algo debía decir, el tiempo para pensarlo y traducirlo escaseaba. Entonces, “Oh my God, we love Germany”, tuve que gritar a los cuatro vientos mientras las rodillas se quebraban y las manos apretujaban la cabeza a ambos costados, quedando la vista liberada a la espera de la reacción. De nuevo en esa dicotomía en la cual elegimos vivir, las opciones eran dos. O hacía un comentario en alemán a su compañera o intentábamos charlar.

Ni una ni otra, compró el collar y me lo colgó del cuello. Así las cosas, trabajar es difícil. Resistir a la tentación, un imposible. Vivir, una utopía. Probablemente vuelva a casa antes de lo pensado, sin plata pero feliz. Podré perder la vida pero la vida no me la pierdo.