¡Hola paraíso!, pensé apenas ese monstruoso bicho metálico surfeaba las últimas nubes que ocultaban una de las primeras y hermosas calas. Miles de metros y apenas ocho minutos separaban los pies de la tierra, instantes capaces de desesperar a un simple mortal en busca de vaya uno a saber qué.
Superé los miedos y mantuve abierta la ventanilla, entera. En forma unánime aplaudimos al piloto apenas aterrizamos. Era hora de bajar y empezar a sembrar.
Apenas el árbitro pitó el comienzo del partido, el equipo salió a investigar al rival sumido en un intenso respeto. Con los bultos prolijamente acomodados en el carrito me arrimé hasta el servicial puesto de información donde, al cabo de varios minutos, la empleada se dignó a balbucear: “Bienvenido a Mallorca”.
Mapas y listados de hostales en mano, le regalé mi presencia al teléfono público. “Todo completo”, repetían una y otra y otra vez las distintas voces del auricular. Gracias a Dios hay crisis, qué si no. Ante la desesperante situación, doblé a la derecha porque así lo quiso el azar. Dicen que dicen, la izquierda refleja el pasado mientras que lo diestro supone el porvenir. Entonces, nada de Plaza España, Catedral o centro de Palma, Son Veri sonaba tentador.
Averigüé cómo llegar, crucé a la parada del colectivo y conocí a una linda colombiana que habla hasta por los codos. Es bióloga, vive en Madrid y se vino de vacaciones. Le sobra plata, le falta alegría. Su mirada es triste, igual que las dos novelas que ha publicado. Convivimos. En un principio me ofreció dejar mis valijas en su habitación mientras consiguiera una propia en un precio interesante. Al cabo, el viaje nos convenció de rentar una con cama doble. Así estaremos hasta el 23. Pensión completa, agua caliente y pileta. El hotel no será la gran cosa pero el ambiente vale la pena. Gente de Alemania, Inglaterra y Francia en su mayoría, bastantes oportunidades de conocer cosas nuevas.
Caminamos a orillas del mediterráneo durante varios kilómetros (donde nos encontramos es un símil Punta Mogotes, asquerosamente más top). Recorrimos los quince balnearios entre Arnold’s Schwazeneger’s con pantaletas y lindas rubias de ojos claros en topless.
Esta mañana madrugamos, incluso a las 10 estábamos de nuevo en el mismo lugar. Tomamos sol, y sangría. Dejamos huellas otra vez sobre la arena y estuvimos a punto de comprar una colchoneta pero desistimos de la idea desconociendo los motivos. Prometimos, tal vez, hacerlo a la tarde. Hermosa postal, capaz de aburrir tras conocerla.
No pareciera ser el lugar indicado para crecer como uno quiere. La gente de aquí no presenta las heridas en búsqueda. Esas marcas imborrables que ayuden a formar una persona. Al menos hasta ahora, cuando deje de portarme como un turista veremos. Intuyo que ese día es mañana. Pasar tantas horas culo pa’ arriba en la paya aburre, aburguesa. Si al menos jugaran al fútbol. Ni saben lo que es el tejo.
Entre tanta frivolidad el tiempo escasea para cosas de verdad. Bajan del avión y se dirigen a rentar un automóvil en forma automática. No bajan de un Bmw convertible o un Mini Cooper descapotable. De ahí, al hotel. Luego la playa rociada de cerveza o bebida blanca en cantidad necesaria. Salchichas para el almuerzo. A solearse por segunda oportunidad en el día. Por las noches sólo se aturden en alcohol al compás de una música electrónica detestable. Hacen coreografías de a cientos. Al día siguiente todo comienza a empezar.
Los dejo, acaban de hospedarse en el hotel cuatro joviales italianas, y bajaron a la pileta. Basta de almuerzo y letras, el deber llama a la puerta.
miércoles, agosto 19, 2009
viernes, agosto 07, 2009
Hasta pronto
El almanaque se encargará del resto, el 17 de agosto queda a la vuelta de la esquina. A las ganas se le sumaron los pasaportes y el pasaje. La travesía se alejó de ese "sueño", "deseo", "anhelo"; es una realidad palpable en lo absoluto. Gracias a Dios, de momento, comienza bien. Suena tentador. Entusiasma, aunque no es sencillo armar las valijas.
Partir con cuentas pendientes sería de poco caballero, un sinónimo de escaparse, y eso, jamás. Conviene quitar las piedras del camino, evitando así tropezar con ellas en la siguiente vuelta dentro de este círculo vicioso en el cual hemos transformado a la vida. Volveremos a pasar, siempre estamos volviendo.
Basta de divagues, qué tanto, carajo. Tamaña felicidad mutó a miedo, así de sencillo. La isla paradisíaca con arenas blancas y aguas transparentes perdía por goleada con la comparación del calor del hogar, a veces caliente en exceso. Renunciar y partir, ausentarse del día a día, alejarse de los sentimientos; esos que hasta ayer ni pensaba reconocer. Uff, durísimo.
Pues bien, ustedes tampoco aportaron a la empresa. Son personas admirables, entrañables; hermosas. Los quiero, demasiado. Los adoraría cuanto dure la eternidad. Daría todo a cambio de su felicidad. Continuamente elijo sus palabras, sus aromas, sus gestos y sonrisas. Alto ahí. Ni se te ocurra acercarte, ladra el bulldog. ¿Un abrazo? Gracias, paso.
-¡Pelotudo! ¿Cómo pudiste? Nota al margen, con el correr de los años me hice acreedor de un considerable grado de locura; incluso hablo solo. Sabrán disculpar.
Intentemos volver. Les explicaba, o por los menos quise hacerlo, cuánto me significan pese a no demostrarlo. Cuesta, y lo lamento. Créanme. Contengo -vaya uno a saber por qué- esas ganas, por momentos intolerables, de ser afectuoso. Volvería a la primaria sólo para aprender a dar un fuerte abrazo, sentido, de corazón.
La culpa no es mía, claro, soy argentino. Es de aquellos desconocedores del sentido de las palabras. "Te amo", se regalan por doquier. ¿"Te amo"? ¡Irrespetuosos! si supieran que querer significa demasiado…
En fin, permítanme decirle cuánto los quiero. Sí, recién ahora, al cabo de 22 años me siento capaz de escribirlo (quizás se los diga en la fiesta de los 50, je). Todavía estoy pero los extraño. Sorprende semejante cariño. Alegra, entristece.
Partir con cuentas pendientes sería de poco caballero, un sinónimo de escaparse, y eso, jamás. Conviene quitar las piedras del camino, evitando así tropezar con ellas en la siguiente vuelta dentro de este círculo vicioso en el cual hemos transformado a la vida. Volveremos a pasar, siempre estamos volviendo.
Basta de divagues, qué tanto, carajo. Tamaña felicidad mutó a miedo, así de sencillo. La isla paradisíaca con arenas blancas y aguas transparentes perdía por goleada con la comparación del calor del hogar, a veces caliente en exceso. Renunciar y partir, ausentarse del día a día, alejarse de los sentimientos; esos que hasta ayer ni pensaba reconocer. Uff, durísimo.
Pues bien, ustedes tampoco aportaron a la empresa. Son personas admirables, entrañables; hermosas. Los quiero, demasiado. Los adoraría cuanto dure la eternidad. Daría todo a cambio de su felicidad. Continuamente elijo sus palabras, sus aromas, sus gestos y sonrisas. Alto ahí. Ni se te ocurra acercarte, ladra el bulldog. ¿Un abrazo? Gracias, paso.
-¡Pelotudo! ¿Cómo pudiste? Nota al margen, con el correr de los años me hice acreedor de un considerable grado de locura; incluso hablo solo. Sabrán disculpar.
Intentemos volver. Les explicaba, o por los menos quise hacerlo, cuánto me significan pese a no demostrarlo. Cuesta, y lo lamento. Créanme. Contengo -vaya uno a saber por qué- esas ganas, por momentos intolerables, de ser afectuoso. Volvería a la primaria sólo para aprender a dar un fuerte abrazo, sentido, de corazón.
La culpa no es mía, claro, soy argentino. Es de aquellos desconocedores del sentido de las palabras. "Te amo", se regalan por doquier. ¿"Te amo"? ¡Irrespetuosos! si supieran que querer significa demasiado…
En fin, permítanme decirle cuánto los quiero. Sí, recién ahora, al cabo de 22 años me siento capaz de escribirlo (quizás se los diga en la fiesta de los 50, je). Todavía estoy pero los extraño. Sorprende semejante cariño. Alegra, entristece.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)